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Fenicios, romanos, árabes, normandos, españoles, Borbones: en casi tres mil años Palermo ha cambiado de dueño muchas veces, y casi todos dejaron algo que todavía se ve por sus calles. Lee las épocas en orden o elige la que te interesa en la barra de arriba.
Las huellas más antiguas de Palermo están en el Monte Pellegrino, en las cuevas de la Addaura. En las paredes de una de ellas, descubiertas en 1952 y estudiadas por la arqueóloga Jole Bovio Marconi, hay figuras humanas y animales grabadas hace entre 20.000 y 14.000 años.
En el centro de la escena, un grupo de figuras parece bailar alrededor de dos hombres tendidos: quizá un rito, pero su significado todavía se discute. Es uno de los conjuntos de arte prehistórico más importantes del Mediterráneo. Hoy las cuevas no se pueden visitar por el riesgo de desprendimientos.
Los fenicios fundaron aquí una escala comercial, probablemente en el siglo VII a. C., sobre una lengua de tierra entre dos ríos, el Kemonia y el Papireto, hoy desaparecidos bajo la ciudad. Junto con Mozia y Solunto fue una de las tres ciudades fenicias de la isla, aliadas de Cartago.
En sus monedas aparece el nombre Zyz que, según una hipótesis, significa «flor», por la forma del asentamiento entre los dos ríos. Los griegos, que dominaban la Sicilia oriental, nunca la conquistaron, pero le dieron el nombre con el que pasaría a la historia: Panormos, «todo puerto», por su fondeadero natural y resguardado.
Durante la primera guerra púnica, Panormos fue una de las bases principales de Cartago. En el 254 a. C. la flota romana la sitió y la obligó a rendirse: quien podía pagó un rescate; los demás, unos 13.000, fueron hechos prisioneros.
Cartago intentó recuperarla. En el 250 a. C. el cónsul Lucio Cecilio Metelo derrotó bajo las murallas al ejército de Asdrúbal; del 247 al 244 Amílcar Barca acampó en la altura de Eircte, que muchos identifican con el Monte Pellegrino, sin conseguirlo. Panormus se mantuvo fiel a Roma y fue una de las cinco ciudades libres y exentas de tributos de Sicilia.
En época imperial era una ciudad rica, como muestran los mosaicos descubiertos en diciembre de 1868 en la plaza Vittoria, entre ellos el de Orfeo, hoy en el Museo Salinas.
Con la crisis del Imperio romano de Occidente llegaron los pueblos germánicos. En el 440 los vándalos de Genserico, llegados desde África, sitiaron Palermo y en las décadas siguientes saquearon varias veces las costas de la isla. Después Sicilia pasó a Odoacro y, a finales de siglo, a los ostrogodos de Teodorico.
En el 535 el general Belisario, enviado por el emperador Justiniano, arrebató Palermo a los ostrogodos. Durante casi tres siglos la ciudad formó parte del Imperio bizantino, pero el centro del poder en la isla era Siracusa, no Palermo.
El dominio bizantino empezó a terminar en el 827, cuando un ejército árabe y bereber procedente del norte de África desembarcó en Mazara.
Tras cerca de un año de asedio, en el 831 Palermo se rindió. Sus nuevos señores la llamaron Balarm y la convirtieron en la capital de Sicilia en lugar de Siracusa. La conquista del resto de la isla duró más de un siglo: Taormina cayó en el 902 y Rometta, el último bastión bizantino, en el 965.
Balarm se convirtió en una de las ciudades más grandes del Mediterráneo. El geógrafo Ibn Hawqal, que la describió en el siglo X, contó más de trescientas mezquitas. Llegaron nuevos cultivos, como los cítricos, y nuevas técnicas de riego; cristianos y judíos se quedaron, pagando un tributo.
De aquella época quedan sobre todo los nombres, el trazado de barrios como la Kalsa y los mercados, que todavía hoy se parecen a un zoco.
En enero de 1072 Roberto Guiscardo y su hermano Roger, caballeros normandos llegados de Calabria, entraron en Palermo. Roger se convirtió en su conde; su hijo Roger II fue coronado en la catedral, el día de Navidad de 1130, primer rey de Sicilia.
El reino normando mantuvo unidos a latinos, griegos y árabes: en la corte trabajaban funcionarios musulmanes, los documentos se escribían en tres lenguas y el geógrafo árabe al-Idrisi compuso para el rey su gran tratado sobre el mundo conocido (1154). De este encuentro nació la arquitectura árabe-normanda: cúpulas rojas, arcos apuntados, mosaicos bizantinos de oro.
A Roger II le sucedieron Guillermo I, llamado el Malo, y Guillermo II, llamado el Bueno, que mandó construir la catedral de Monreale.
En 1186 Constanza de Altavilla, hija de Roger II, se casó con Enrique VI de Suabia, hijo del emperador Federico Barbarroja. Al morir sin herederos Guillermo II, Enrique conquistó el reino y se hizo coronar en Palermo en la Navidad de 1194. Al día siguiente, en Jesi, nació su hijo Federico II.
Criado en Palermo, Federico llegó a emperador e hizo de la ciudad el corazón de su corte: aquí nació la Escuela poética siciliana, la primera poesía lírica en lengua vulgar italiana. Sus contemporáneos lo llamaban Stupor mundi, «asombro del mundo». Dirigió la sexta cruzada (1228–1229) y pasó la vida en lucha con el Papado y las comunas del norte de Italia.
Murió en 1250 y está enterrado en la catedral de Palermo, junto a sus padres y a Roger II. En 1266 su hijo Manfredo fue derrotado y muerto en Benevento por Carlos de Anjou.
Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, trasladó la capital a Nápoles y gobernó Sicilia con impuestos elevados y funcionarios franceses. El descontento estalló en Palermo el 30 de marzo de 1282, lunes de Pascua, frente a la iglesia del Santo Spirito: según la tradición, un soldado francés, Drouet, ofendió a una mujer palermitana y la multitud se sublevó a la hora de vísperas.
En pocas semanas la revuelta se extendió a toda la isla. Los sicilianos ofrecieron la corona a Pedro III de Aragón, marido de Constanza, hija de Manfredo.
Pedro III desembarcó en Trapani el 30 de agosto de 1282 y el 4 de septiembre fue coronado rey de Sicilia en la catedral de Palermo. Empezó la guerra de las Vísperas contra los angevinos de Nápoles.
Cuando la Corona de Aragón negoció la devolución de la isla, el parlamento siciliano eligió rey a Federico III, hermano del rey de Aragón, coronado en Palermo en 1296. La paz de Caltabellotta de 1302 dividió el antiguo reino en dos: la isla para Federico, la parte continental para los angevinos. Pero los enfrentamientos se reanudaron varias veces, y la cuestión no se cerró hasta 1372, con el tratado firmado en Aviñón.
Mientras tanto, las grandes familias baronales, como los Chiaramonte, construyeron palacios como el Steri. A la muerte de Martín I, en 1409, el reino pasó a la Corona de Aragón.
Desde 1412 Sicilia tuvo reyes que vivían en España y la gobernaban a través de virreyes. Con Fernando el Católico llegaron la Inquisición y, en 1492, la expulsión de los judíos, que en Palermo formaban una comunidad numerosa.
La corona pasó después a los Habsburgo. Carlos V entró en la ciudad en septiembre de 1535, de regreso de Túnez; la Porta Nuova, construida en 1583 y rehecha tras un incendio en 1669, recuerda aquella entrada. Entre los siglos XVI y XVII los virreyes rediseñaron la ciudad: en 1600 se abrió la vía Maqueda, que se cruza con el Cassaro, hoy corso Vittorio Emanuele, en los Quattro Canti. Surgieron iglesias barrocas como San Giuseppe dei Teatini y Casa Professa, y llegó desde Florencia la fuente de la plaza Pretoria.
«No se puede imaginar nada más amable, más encantador que este lugar, nada más dulce que su aire; nada comparable a la grandeza y magnificencia de sus palacios, nada más delicioso que sus fuentes y sus jardines.»
Las guerras de sucesión europeas trataron a Sicilia como una moneda de cambio. Con la paz de Utrecht, en 1713, la isla pasó a Víctor Amadeo II de Saboya, coronado en la catedral de Palermo. En 1720 los Saboya la cedieron a cambio de Cerdeña y Sicilia pasó a la Austria de los Habsburgo, hasta la llegada de los Borbones.
Carlos de Borbón conquistó el reino en 1734 y al año siguiente se hizo coronar en Palermo rey de Sicilia, aunque gobernó desde Nápoles. Su hijo Fernando se refugió dos veces en Palermo, expulsado de Nápoles por los franceses: en 1798 y luego de 1806 a 1815. En esas décadas nacieron el Jardín Botánico, inaugurado en 1795, y la Palazzina Cinese, residencia del rey iniciada en 1799.
En 1812, bajo la protección británica, Sicilia obtuvo una constitución. En 1816 Fernando la abolió junto con el Reino de Sicilia y creó el Reino de las Dos Sicilias, con capital en Nápoles.
Palermo se sublevó en 1820 y de nuevo el 12 de enero de 1848: durante dieciséis meses la isla fue independiente, con Ruggero Settimo al frente del gobierno. Fernando II la reconquistó en 1849; por los bombardeos sobre Mesina lo llamaron el Rey Bomba.
El 4 de abril de 1860 la revuelta de la Gancia, encabezada por Francesco Riso, fracasó: trece prisioneros fueron fusilados el 14 de abril. Pero la chispa estaba encendida. El 11 de mayo Garibaldi desembarcó en Marsala con los Mil, el 14 en Salemi asumió la dictadura de la isla y el 27 de mayo entró en Palermo por Porta Termini.
Con el plebiscito de octubre de 1860 Sicilia votó la anexión; en 1861 nació el Reino de Italia.
El descontento con el nuevo Estado continuó: del 16 al 22 de septiembre de 1866 la ciudad se sublevó durante siete días y medio, de ahí el nombre de revuelta del Sette e mezzo.
Entre los siglos XIX y XX Palermo vivió su Belle Époque. Familias de empresarios como los Florio, los Ingham y los Whitaker invirtieron en navegación, vino de Marsala y almadrabas. La ciudad acogió la Exposición Nacional de 1891–1892 y en 1897 inauguró el Teatro Massimo, entonces el tercer teatro de ópera más grande de Europa. Fue la época del Liberty, el modernismo italiano, de Ernesto Basile, y hubo quien llamó a la ciudad Floriopoli.
«Tiene de verdad el aire de una capital, de vieja ciudad soberana, esta Palermo blanca, rodeada de naranjos.»
La Gran Guerra, el declive de los Florio y el fascismo cerraron aquella época. En la Segunda Guerra Mundial Palermo, con su puerto, era un objetivo militar: los bombardeos empezaron en 1940 y se volvieron devastadores en la primavera de 1943, cuando las incursiones aliadas destruyeron barrios enteros del centro histórico.
El 22 de julio de 1943 las tropas estadounidenses entraron en la ciudad. Los escombros permanecerían durante décadas.
En 1946, antes incluso de la Constitución italiana, Sicilia obtuvo un estatuto de autonomía especial y Palermo se convirtió en la capital de la Región. Desde 1947 la Asamblea regional tiene su sede en el Palazzo dei Normanni, el palacio real de Roger II.
En los años cincuenta y sesenta la especulación inmobiliaria, con la complicidad de la mafia, borró villas Liberty y naranjales de la Conca d'Oro: es el llamado saqueo de Palermo. El centro histórico, todavía herido por la guerra, se vació.
Entre finales de los años setenta y principios de los noventa la mafia asesinó a magistrados, políticos, policías y periodistas. Entre las víctimas, el presidente de la Región Piersanti Mattarella (1980) y el general Carlo Alberto dalla Chiesa (1982).
El maxiproceso preparado por Giovanni Falcone y Paolo Borsellino llevó a juicio, a partir de 1986, a cientos de acusados. En 1992 ambos fueron asesinados: en Capaci el 23 de mayo y en la vía D'Amelio el 19 de julio. En 1993 la mafia mató también a don Pino Puglisi, párroco de Brancaccio, hoy beato. La respuesta de la ciudad, con sábanas blancas en los balcones y el árbol frente a la casa de Falcone en la vía Notarbartolo, marcó el comienzo de un cambio.
Desde los años noventa el centro histórico vuelve poco a poco a la vida: palacios restaurados, plazas devueltas a los peatones, nuevos vecinos. En 2015 la UNESCO inscribió en la lista del Patrimonio Mundial la Palermo árabe-normanda y las catedrales de Cefalù y Monreale; en 2018 Palermo fue Capital Italiana de la Cultura.
Hoy la ciudad tiene unos 630.000 habitantes, es sede de la universidad y del gobierno regional, y el turismo se ha convertido en uno de sus principales recursos.